El joven, prospectándose, visita la senectud. Se ha sentado en la estación. Destino espeluznante, se confiesa leyendo su nombre en un hueco del banco corrido, en la fría sala de espera. La puerta no cierra del todo. Espera un tren, siempre adelantado, con destino la quinta estación, por no haber pecado matando al padre, no al hombre sino a su influencia, una manera de alcanzar la individualidad, por no decir la manera. Las cosas podían cambiar con un disparo. Después subirá a un tren lento, un viaje largo, a velocidad adecuada para ser parte del paisaje.

Necesitó un despiste para perder el tren, una cuartada para volver y no dejar nada atrás, o dejarlo todo. Se concentró en el peso de la pistola que llevaba en la espalda, y en la bala que romperá la frente de su padre en la fotografía colgada en el salón comedor de la casa. Llegaba su tren. Le dio la espalda. Salió de la estación. Respiró lucidez bajo la tormenta. Empapándose subió por la rampa para personas con movilidad reducida, para eludir las cámaras que apuntaban al frente del edificio. Todavía tenía las llaves. Se cambió de ropa. En la cocina se preparó un bocata. Lo disfrutó. Pocas cosas mejor que un bocata de sardinas. Su padre dormitaba en un sillón, debajo de un marco con una fotografía en la que el sol le quemaba la frente, colgada en la pared del salón comedor. Sacó de su espalda la pistola y apuntó a la frente. Disparó y el marco de la fotografía cayó y le abrió una herida pequeña en la cabeza, que manchó de sangre el escenario del limpio asesinato freudiano que pretendía. Lástima, iba de buen rollo. Un accidente. Huyó. En la estación, el tren que le tocaba tras el disparo que lo cambió todo, chirriando frenó sacando chispas.

Poeta y escritor. (Melilla. Tenerife). En 2026 verá la luz “El sueño del Gurugú” que recoge su obra reunida, incluyendo varios de sus títulos galardonados con los Premios Tiflos en las categorías de poesía y narrativa.