Varios maestros de la literatura, verdaderas cimas de la poesía y la narración, han sido ciegos. Homero, Milton, Borges… y también James Joyce, Demócrito y hasta el imaginario Ossian que une a su condición de poeta legendario la de ciego.
Homero en eólico quiere decir: “El que no ve, o sea la Historia es rotunda en afirmar su condición de persona ciega, de poeta ciego. Sobre la identidad, existencia real o nacimiento de Homero nada nuevo puedo aportar. Muchas ciudades se disputan su paternidad y muchas biografías legendarias o historicistas se han escrito sobre su vida y su obra, en las que se le pinta ciego, dándole un cierto valor épico al hecho de que cante con voz vibrante y versos llenos de luz lo que nunca ha podido ver.
Yendo a la obra, la Ilíada y la Odisea no pueden concebirse como obras de tradición estrictamente oral, puesto que en su redacción han necesitado inevitablemente de la escritura. Esto se observa en las repeticiones literales y en las frecuentes referencias a partes anteriores del texto: recreación y evolución del relato apoyándose en lo ya narrado. El griego clásico en que están escritas no es propio de ninguna zona concreta, sino que parece creado específicamente para los poemas, con intención literaria, tanto en aspectos gramaticales como lingüísticos o meramente ortográficos. El dialecto homérico es una mezcla de varios dialectos regionales (jónico, eólico…) así como de algunas formas anacrónicas ya en desuso en el momento de la redacción definitiva de las dos epopeyas. Ese dialecto con el que, supuestamente, Homero compuso la Ilíada y la Odisea no se habló nunca en ninguna región de Grecia, pero supone la aparición, la formación intencionada, del griego clásico, que se impondría en la creación literaria y se utilizaría de forma obligada en el teatro y la poesía. Es decir, la Ilíada y la Odisea son dos obras que necesitan de la escritura, cantadas por un ciego que no las puede leer y tampoco escribir, a lo sumo dictar. Mucho es suponer que el poeta fuera capaz de formar un dialecto propio, memorizar ambas epopeyas verso a verso sin leerlas y recorrer toda la antigua Grecia difundiendo la más acendrada y clásica tradición helenística. Esa parece más misión de un semidiós que de un semihombre, como caritativamente nos llaman nuestros clásicos a los ciegos.
Quedémonos con dos ideas que se deducen de las consideraciones anteriores: a) los ciegos en la antigua Grecia formaban parte del cuerpo de la literatura, pues se admite sin dificultad que su mayor poeta lo fuera, y b) desde tiempos de Homero la ceguera tiene un valor simbólico profundo relacionado con los relatos y la verdad. Que Homero sea ciego o no carece de importancia para la creación de su obra, “lo importante es que los griegos lo representan ciego deliberadamente” (Oscar Wilde).
Importa que el poeta sea ciego, y que su obra sea la obra de un ciego: el ciego ve lo que no se ve, la poesía se construye con palabras, no con imágenes visuales. En Homero aparece la primera mención a quien ve más allá de la materia, un vidente que ve lo que no ven los demás, que no se distrae con las apariencias.
Algo semejante se cuenta de Demócrito, que se arranca los ojos al distraer su pensamiento el aleteo de las flores multicolores. Demócrito es el primer filósofo científico y se ciega para ver más allá de las apariencias, como en verdad hizo al concebir el átomo. Pero al ser su ceguera una mutilación voluntaria, su significado, pasados dos mil quinientos años, se mezcla con el otro valor universal presente en los clásicos y en todos sus coetáneos, pueblos bastante más primitivos que ellos: el castigo, la expiación, acaso castigo y expiación por no poseer la videncia. Demócrito se ciega para no distraerse, pero eso no le garantiza ser Homero, el que ve más porque no ve, sino simplemente expiar su falta de concentración. Esta opinión es sesgada, soy consciente de alejarme de la intención moralizadora del hecho y del filósofo, pero en el siglo XXI es duro admitir como virtud renunciar a los sentidos, a la experimentación, a la realidad física. Demócrito se inmola a favor del conocimiento, pero para la estética actual, su sacrificio es propio de la superstición y la ignorancia. Resulta paradójico que el primer conocedor del átomo niegue a los sentidos su valor como reveladores de la realidad, de la verdad que encierra la naturaleza, acaso la única que los hombres podemos aspirar a vislumbrar. Como es obvio que su intención era ejemplificadora de la búsqueda de la verdad y no una negación de los métodos más contrastados de buscarla, su mutilación queda sólo como un anacronismo que poco o nada aporta a la relación de la ceguera con la fabulación, con la literatura.
En 1608, nace en Londres John Milton, el segundo gran poeta ciego de la historia. A diferencia de Homero, Milton tiene poco de leyenda, es un hombre con biografía y vida real en la sociedad de su tiempo. Es también, y esto no suele resaltarse como merece, trascendental para quien como yo comparte su don, el primer hombre que habla de la ceguera con cruel conocimiento de causa, personal y doloroso. Este hecho es relevante porque vuelve a poner en primer plano la relación de la literatura con la ceguera. En ello se adelanta al tercer gran ciego poeta, Jorge Luis Borges, que lo haría más de tres siglos después. Milton desarrolla su poesía fundamentalmente a partir de 1650, casi se podría decir a raíz de quedarse ciego. La novena sinfonía de Beethoven es la obra de un sordo, cruel ironía. Sordo también es Goya que aislado de los hombres saca a la superficie de sus lienzos los monstruos de la razón. Beethoven trabaja sobre lo que ha perdido, Goya proyecta sus miedos en imágenes. Pero Milton, como los demás poetas ciegos, recurre a la palabra, al lenguaje formal universalmente admitido, para alumbrar su poesía. No incurre en trasposiciones o heroicidades irrepetibles, profundiza en su condición de hombre y como Homero es capaz de ver reunida toda la humanidad, todas las pasiones y toda la historia. Los ciegos no ven lo que no se ve, pero sí oyen lo que nadie oye, y saben decirlo con la mayor pureza, con la voz, con la palabra. Una imagen vale más que mil palabras, dice el tópico, y para decirlo usa siete palabras, ¿qué no cabría en mil? La imagen, no seré yo el necio ciego que le niegue su valor, con todo lo que tiene de ilustrativo y explicitador, carece precisamente del valor colectivo, radicalmente humano de la palabra. Una palabra significa lo que los hombres acuerden que signifique y su contraria, lo contrario. Para un ciego es evidente que su conexión con la realidad no es sólo a través de los sentidos que conserva, con su propia función y también como sustitutivos de la vista, sino a través de la palabra que conserva intacta, completa. La palabra es bella en sí misma, es el acervo común de la inteligencia humana, es el pensamiento. ¿No es este amor apasionado por las palabras un primer paso literario, el primordial, el que todos los escritores comparten?
Aunque hoy no es un poeta muy seguido del gran público, especialmente su gran obra: El Paraíso Perdido (los temas religiosos no tienen buen mercado), Milton es considerado el segundo gran poeta de la lengua inglesa sólo aventajado por William Shakespeare. De hecho, en lo que nos importa, los sonetos en los que hace referencia a su ceguera son piezas de primer nivel, sin parangón hasta Borges, tres siglos más tarde.
Brenda Sánchez publicó hace años en la revista Espéculo
De la UCM, un interesante artículo en el que se establecían similitudes y paralelismos entre estos sonetos de Milton –en métrica italiana-, con otros de Borges en métrica inglesa. Tras Homero, primer poeta del clasicismo, y Milton, cima poética del humanismo cristiano, aparece aquí el tercer gran escritor ciego, Jorge Luis Borges, que incorpora lo que él llama “el don” (la ceguera) a la literatura del siglo XX. De él hablaré en la siguiente entrega de este ensayo.
Socio de Letras Inclusivas.