En 1899 nace en Buenos Aires Jorge Luis Borges. En Viena, al año siguiente, se asomará al mundo el psicoanálisis, y también muere Nietzsche.

Desde niño, Borges sabe que va a ser escritor, y tiene todos los datos para sospechar que también va a ser ciego. Su padre y su abuela lo fueron a causa de su misma enfermedad.

Aparte de manifestar por él la más ferviente admiración, es obligado reconocerle el importante papel que le confiere a la ceguera en la literatura. La trata abiertamente en varios poemas y relatos, y llega a dictar siete conferencias sobre el tema, la última en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, una verdadera obra maestra de la retórica.

Su relación con la ceguera quiere ser desapasionada. La enuncia siempre como pérdida no de un sentido o un bien, sino de algo concreto, algo parcial, mucho más elocuente al encontrar en la experiencia personal la fatal privación: calles por ciudad, azul por cielo, rostros por personas. No es casual la semejanza de algunos de sus sonetos con los de Milton, ni su pasión por Homero, el mismo Milton y por James Joyce, ilustre cortísimo de vista aunque no ciego.

En Borges encontramos la primera descripción sensorial de la ceguera. No es la sombra, no es la oscuridad, ni el lado oculto. Es una neblina luminosa que no se apaga nunca. Cierto, así es, y esa luminosidad eterna, ese resplandor blanquecino que no deja volver los ojos al interior de nuestra condición humana es posiblemente su más cruel laceración, el origen de todas las obsesiones, de todas las desconfianzas. En su gusto por la paradoja, llega a escribir un “Elogio de la sombra”, pero es bien sabido que la ceguera le produjo no poca desesperación. Desde ideas de suicidio, hasta momentos de exaltación, en los que la describe como un don. El individuo Jorge Luis Borges vive los ciclos de toda pérdida, un anticipo de la muerte. Si en él hay más inteligencia, más poesía, la hay por lo mismo que la hay cuando habla del tiempo, del aburrimiento de los inmortales o de los infinitos mundos del Aleph, y las hay porque los genios lo son cuando se sienten felices, mediocres, desesperados.

Algo que excede con mucho a estos artículos sería determinar de qué modo influye la ceguera en los distintos autores ciegos, seguir su rastro en las imágenes, en las situaciones y en las palabras. Sin embargo, hay algunas coincidencias que conviene destacar, especialmente para tenerlas en cuenta cuando hablemos del valor metafórico y  también realista, de la ceguera en la literatura.

De Homero se dice que compuso sus epopeyas una vez ciego. Pudo ser un soldado que perdió la vista y a cambio los dioses le dieron el don de la poesía con la que ganó gloria y honores. Milton escribe “El Paraíso perdido” una vez que se ha quedado ciego, y, por último, Borges no trata el tema hasta 1955, cuando ya había recibido el “don”. A los tres, la ceguera y la poesía les llegan a la vez.

Homero no aporta nada propio, personal, sino su poderoso valor simbólico. Si se pretendía dar a entender que la poesía no es visual, Homero es un ciego rebelde, pues “La Ilíada” está llena de espléndidas, luminosas, vibrantes y coloridas imágenes visuales. La palabra es capaz de expresar todo lo que un hombre es capaz de sentir.

Milton vive la pérdida como una pérdida real y le da valor poético como destino del que solo puede liberarse por la ensoñación y el amor a Dios, dos vertientes sublimadas de su amor a su esposa fallecida, y a la vida misma.

¿Y Borges, cómo creerle? En Borges la ceguera tiene graduación, orden y sentido. La presenta como un destino, como una degradación, como la pérdida del conocimiento del mundo y de sí mismo. Estas imágenes son las mismas que utilizan otros autores no ciegos cuando usan la ceguera como un recurso metafórico. La trampa que nos hace Borges a sus lectores es la de quedarse verdaderamente ciego para hacer verosímil la ficción. Alto precio que nadie debería pagar si no tiene seguridad de que “de vuelta” va a ser Jorge Luis Borges.

Aunque no de intención, cuando plantea la ceguera como un don del destino, “como algo que le tocó en reparto”, e incluso llega a hacer un “Elogio de la sombra”, está siguiendo al sobreexcitado Demócrito, que se saca los ojos para no distraer su pensamiento, para llegar a la videncia a través del tenebroso don. Pero al hacer responsable al destino, también se suma, como también hace Milton, a la tradición más primitiva de considerar los males físicos un castigo merecido, propio, ajeno o colectivo, que se debe expiar.

Milton confía en Dios, Borges, en la ficción, acaso en Borges. Ambos se aproximan a la ceguera con igual intensidad, con igual altura poética, o lo que es lo mismo, con la mayor verdad. Más allá de los endecasílabos, más allá de las ficciones y de las elaboraciones formales, está el dolor y la pasión, la desesperación del ser humano muerto en vida, del semihombre que se sabe condenado a no encontrar nunca su mitad perdida, la luz, los rostros, las mujeres, el rojo de la sangre en un cuchillo lunado. Es decir, los ciegos hablan de la ceguera cuando hacen literatura de manera muy parecida a como lo hacen los videntes, le dan el mismo valor metafórico y describen con ella las mismas degradaciones y pérdida de diversidad, de aliento, de vida. Y el último aspecto común, ya citado al hablar de Homero, es que las obras de los tres grandes poetas son obras que se producen como literatura escrita, no nacen de la literatura oral, o no solamente de la literatura oral. “La Ilíada” y “La Odisea” se trascriben en tiempos de Pisístrato (siglo VI a. C.) para fijarlas y darles forma definitiva. Milton tuvo siempre un secretario y discípulo a su lado, y Borges a María Kodama. Una vez más, la palabra, siempre la palabra, que es narración, poesía y se vale de la voz, la canción, la conversación, las artes gráficas, los audiolibros…, Internet…

Significado de las palabras ciego y ceguera.

Antes de entrar en obras y personajes, cosa que haré en la próxima entrega, voy a relacionar unos cuantos significados de las palabras ciego y ceguera, para evidenciar que, sin añadirles ninguna elaboración literaria o mitológica, en el español son términos que sirven para expresar muchas cosas distintas. Traspasan la intención del hablante y toman significado en el genoma lingüístico que compartimos todos los hispanoparlantes, los cimientos subconscientes de la razón.

Como las palabras que definen colores, que nombran astros y alimentos, la palabra ciego aporta un eco irracional que colma de sentido otras voces más ligeras. El rojo es la sangre, la pasión, los labios, el coral… La luna es femenina, maternal. Las estrellas, ojos que miran en la distancia. El pan es cálido, alimenticio, atractivo, deseable, bondadoso… Y el ciego es oscuro, desconocido, perdido, obtuso…

Uno tras otro, los significados RAE del término ciego son: Privado de la vista / Poseído con vehemencia de alguna pasión: ciego de ira, de amor / Ofuscado, alucinado / Dicho de un sentimiento o de una inclinación muy fuerte, que se manifiesta sin dudas / Dicho de un conducto o de un vano obstruido o tapiado: arco ciego / Dicho de un muro o de una pared que no tiene aberturas / Coloquial, atiborrado de comida, bebida o drogas: Se puso ciego de mariscos / Dicho del pan o del queso: Que no tiene ojos /  Intestino ciego / Pez fluvial ecuatoriano / Jugador que tiene malas cartas o no tiene triunfos.

Formas derivadas  y modismos: A ciegas, ciegamente: sin conocimiento, sin reflexión /  No tener con qué hacer cantar  a un ciego: ser muy pobre.

Y por fin, una retahíla de palabras compuestas en las que el término “ciego” completa o cambia el significado de la voz  principal: arco ciego, candelero ciego, cita a ciegas, cocuyo ciego, coplas de ciego, culebra ciega, gallina ciega, intestino ciego, lazo ciego, morcilla ciega, nudo ciego, obediencia ciega, olla ciega, oración de ciego, palo de ciego, palos de ciego, paquete ciego, piedra ciega, pozo ciego, relación de ciego, romance de ciego, vainica ciega…

Respecto a ceguera, la RAE es menos prolija: Total privación de la vista / Especie de oftalmia que suele dejar ciego al enfermo / Alucinación, afecto que ofusca la razón.

La Academia no incluye todos esos otros modismos ofensivos, demasiado usados todavía a día de hoy: ¿Estás ciego?/ ¡Esto lo ve hasta un ciego! / ¡Pareces ciego! / El amor es ciego. / ¿Me tomas por ciego?

Más inteligente es el refrán que entre nosotros usamos los del gremio: “No hay peor ciego que el que no quiere oír”. En fin, los sordos también deben de tener lo suyo.

Socio de Letras Inclusivas.