Esta mañana parecía contenta, se movía por la cocina con la gracilidad de siempre, como si flotase en el espacio. Se había recogido la melena en un moño alto dejando su hermosa nuca y su delicado cuello al descubierto. Solo unos mechones rebeldes se resistían a estar sujetos y caían por sus sienes como serpentinas doradas que adornaban su rostro. La sorprendí mirando de forma distraída por la ventana sin posar la vista en nada y con una sonrisa dulce y serena en los labios. Esa misma sonrisa que siempre me regalaba cuando yo la miraba de reojo desde mi mesa de trabajo y ella me sorprendía desde la suya. Su rostro se iluminaba y sus ojos color miel brillaban al incidir la luz, igual que lo hacían hoy.
Su alegría me hirió como un machetazo, pero no le dije nada. He jurado contener la rabia y la desesperación que me provoca su forma de ignorarme. Ella, mi amada Mónica, ha cambiado y no puedo evitar sentir una impotencia que se anuda en la garganta hasta dejarme mudo, no me reconozco. Las palabras ya no sirven frente a su desdén. Antes, cuando algo me hacía daño o me incomodaba, se esforzaba por corregirlo y entre lágrimas muchas veces me pedía perdón por sus ofensas. Quizás la consentí demasiado y ha pensado que yo no la merezco, que puede optar a alguien mejor.
Echo de menos el tacto de su piel nívea, sedosa y tibia, porque acariciarla resultaba tan delicado y sutil como tocar el terciopelo. Ahora, me esquiva y el roce casual deja en mis dedos una sensación fría y dura.
La miro y apenas la conozco. Veo en sus ojos la sombra de un secreto que no oculta como sí lo hizo antes. Hubo un tiempo que huía mi mirada, pero ahora la sostiene y sonríe, sonríe sin motivo aparente. Sabe lo mucho que me duele su menosprecio y quiere doblegarme con su indiferencia. Quiere desprenderse de mí. Yo, que tanto la he querido.
La observo beber su café a pequeños sorbos como siempre y dejar la taza abandonada sobre la encimera con su carmín impreso en el borde, ese sello inconfundible de su presencia. Ha retomado esa innecesaria costumbre de maquillarse, aunque nunca necesitó de adornos para estar hermosa.
Me duele tanto esta situación que siento como me desangro por dentro; la sigo al dormitorio y cuando intento razonar con ella suena ese maldito teléfono móvil. Mónica atiende la llamada como hace siempre, diligente, rauda y con interés, porque sabe que eso sí me molesta. Siempre habló y escuchó intercalando risas, caras de sorpresa, de alegría, de tristeza, pero desinhibida y libre. Empecé a sospechar que algo cambiaba entre nosotros cuando la sorprendí hablando entre susurros y al pedir yo explicaciones, ella disimuló nerviosa.
Hoy ya no susurra, ha retomado su aplomo y soltura como lo hacía cuando nos conocimos. La observo desde una esquina del dormitorio y parece que su mirada se ensombrece al escuchar el mensaje, cuelga y sale deprisa con el bolso en la mano. Ni siquiera se despide. Así que, decido seguirla.
Reconozco el camino, es el mismo que recorrí la última vez que fui tras ella. El mismo que recorrí tras sus pasos y que me condujo a confirmar todas mis sospechas. Igual que aquel amargo día, ella no puede descubrirme; el gentío que abarrota el metro, el trasiego de viandantes y mi destreza en mantenerme a distancia me hacen invisible a sus ojos. Solo percibo en ella una diferencia, Mónica hoy parece relajada, incluso feliz. Eso, me enajena y me provoca una angustia que supera en mucho la que sentí aquel día.
Mantengo la distancia con ella igual que mantengo mi furia contenida por la traición.
Él la espera en la puerta del enorme edificio donde se encontraron aquel día, le sonríe y la saluda con cordialidad agitando la mano mientras ella cruza la calle con rapidez. Esta vez, a pesar de arrastrar la amarga realidad de su engaño, cruzo con tranquilidad, sin obcecarme. Mi intención es pararme junto a ellos para escupir mi amargura y mi desprecio en sus caras.
Me ignoran y escucho, horrorizado, su conversación.
—¿Qué tal, Mónica? ¿Cómo estás?
—Bien, gracias. Recuperando las ganas de vivir.
—Me alegro. Sabes que el asunto del maltrato ha quedado archivado, pero tienes que declarar por el accidente, en calidad de testigo, claro. Yo ya lo hice ese mismo día, pero como soy tu abogado te acompañaré en todos los trámites que necesites.
—Gracias. Nnca pensé que todo acabaría así. Yo solo quería que dejase de hacerme daño, quería separarme y recuperar mi vida. Pero sus enfermizos celos y su actitud iracunda acabaron con él, antes de que él pudiese acabar conmigo.
Un viento frío me traspasa como si fuera una espada, mis ojos se clavan en el asfalto donde todavía se pueden observar rastros oscurecidos de sangre derramada. Como en un viejo cinematógrafo las imágenes en blanco y negro empiezan a mostrarse ante mí, trémulas, entrecortadas pero reales. Escucho unos sonidos lejanos que se unen al visionado. Mi carrera desesperada al cruzar la calle persiguiendo a Mónica, la furia dibujada en mi rostro y la venganza en mis ojos, el claxon ensordecedor de un vehículo, los gritos de gente desconocida y la cara de Mónica que me mira desencajada, asustada y con uno de sus ojos amoratado. Finalmente, mi cuerpo en el suelo, desmadejado e inerte cubierto por una lona. Y las últimas palabras que escuché entre sollozos de los labios de Mónica cuando salió de casa resuenan en bucle en mi cabeza.
—No lo llames amor. Esto es acoso, maltrato, dominación y anulación, no amor. El amor se da, no se exige ni se impone; se comparte, se disfruta y se alimenta, pero no se adquiere por derecho o por la fuerza. Sin respeto y amor solo te mantiene al lado de alguien, el miedo. Y yo, ya no tengo miedo.
Entonces, la realidad asalta mis ojos y mi mente; el viento frío me atraviesa, me diluye y desaparezco.
Inventora de historias y escritora tardía. Con tres novelas publicadas y algunas otras a punto de ver la luz.